pregón de Navidad 2011

Don Román Suarez Blanco

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Me habéis llamado para que hable de nuestro Belén. El de cada cual. No sé si os habéis fijado que cuando llegan las fiestas, cualesquiera fiestas son inminentes, es fácil que a la gente, sobre todo a la gente menuda de casa, se la vea quedarse absorta, como ausente.

Es que no hay fiesta como la víspera de cada fiesta, cuando se trata de una de éstas, como la de Navidad o la del santo patrón de cada lugar, que se celebran cada año.

Porque es que el futuro se hace siempre con ceniza del pasado y espuma de esperanza, y así, cada uno de nosotros, va superponiendo lo mejor de cada imagen de cada fiesta pasada y acumulándolo para pintar la de la fiesta que viene, la próxima, la que se celebrará el mañana inmediato de cada víspera.

Luego viene el tío Paco con la rebaja y la fiesta es lo que es, un poco decepcionante, un poco menos de lo que esperábamos, pero siempre tiene el momento radiante que la memoria almacena, acumula para la víspera siguiente.

El Belén, que nosotros, en mi casa, llamábamos el Nacimiento, es siempre uno de esos momentos radiantes de la Navidad.

Está de moda despreciar la Navidad. Decir que se ha convertido en un remolino de luces, música y propagandas de los grandes almacenes, para invitarnos e incitarnos a que compremos lo que, en realidad, no necesitamos y regalemos a troche y moche, gastando incluso lo que no tenemos. Está de moda ser moderno, en la basura modernista que arremolinan los vientos de todas las crisis que nos agobian.


D.Ramón Suárez Blanco durante un
momento de su exposición

Hay hasta quien dice que lo moderno es quitarse de encima el estorbo del buen padre Dios y carpe diem , sin darse cuenta de que no están inventando nada y ya Epicuro hace más de mil años se embarcó en el laberinto del hedonismo.

Que no es malo, en sí , como instinto de supervivencia alegre, sino como punto de apoyo para montar una desmesurada palanca y desbaratar los principios elementales e imprescindibles para la convivencia humana, a que por debajo , por encima , por los intersticios de cuanto la enmascara , nos convoca la Navidad.

Si la desprecias, es que no la viviste todavía. Aplícate, escucha.

En Navidad, incluso ahora mismo, en este azacaneado mundo de todas las crisis y las malas babas, de tantos rencores por tantas memorias tristes como nos quedaron a la gente, como consecuencia del afán de atajar hacia supuestas convocatorias de felicidad que nos vienen aturdiendo, a través de los siglos se aprecia, si eres capaz de escuchar atento, el redoble paciente del mensaje que constantemente nos transmite el buen padre Dios: Que os améis. Es sencillo, elemental.

Personalmente estoy convencido de que cuanto suena en la naturaleza: el rumor del río que pasa, el de la fuente que mana, la respiración del mar, el chapoteo de la nostalgia con que canta el agua en las esquinas del muelle viejo, ese chasquido inidentificable que astilla el silencio de la noche, el ulular del viento o su caricia en las hojas crujientes del otoño, no son más que eco de la voz del buen padre Dios, eco restante de la creación, que nos repite porque no podemos soportar su voz. En Navidad, nos puso la hermosa historia del Niño que nos ha nacido, para subrayar el constante mensaje: Que os améis. Tan audible incluso en tiempos de guerras y con no creyentes o con descreídos empeñados en sus reconcomios, en la ira y el afán de alejar, en vez de amar, al prójimo enemigo; cuando es Navidad se pacta una tregua.


Mesa presidencial Pregón 2011

No sé para vosotros, pero a la vez que me confieso demasiado viejo para tener razón, me proclamo viejo por haber alcanzado la medida posible de esa razón que se nos escapa hasta a los hombres de buena voluntad, y os cuento que por debajo de la fanfarria y la aparente vaciedad navideña, hay un hilo sutil, tejido por arañas invisibles, de amor, que en Navidad nos convoca. Huele a turrón y a frutos secos, a madre atareada, a abuela casi sin fuerzas ya, pero agotándolas en busca del mantel de fiesta, que trajo a la boda como parte de uno de aquellos ajuares interminables, que bordaron cuando núbiles mis abuelas, vuestras tatarabuelas, puntada a puntada, dadas con hilo de los sueños.

En Navidad vuelven a casa hasta los que no vuelven, hasta los que murieron ya, convertidos en hilera de recuerdos que van ocupando las sillas y los sitios que les correspondían en la mesa de roble, que el abuelo decía que había encargado, cuando se casó, a un amigo ebanista con el que fue al monte a escoger los árboles.

En Navidad están hasta los que se fueron. Siempre, por ejemplo, será mi Navidad, la primera que recuerdo , en 1939, cuando tuve diez años y acababa de finalizar la más horrible de todas las guerras, y mi tía Tula, la hermana más joven de mi abuela, reunió a los que nos habíamos recuperado de años de saber que teníamos gente de casa repartida por ambos ejércitos enfrentados, unos de un lado, otros de otro, que así de tremendo fue, y estaba gran parte de la familia, en la casa que había sido de la bisabuela, y aquel fue un año irrepetible, porque pocas veces se vuelve de la antesala de un infierno.

Olor a turrón y a castañas, a manzanas sacadas del armario, a vino caliente y sobre todo ese afán de abrazarse que nos tenemos los que nos juntamos en Navidad, alrededor del Niño, a cantar aquellos villancicos, porque sabemos que cada cual se irá mañana ó pasado; bajaremos de la montaña y no habrá habido modo de hacer una tienda para cobijarnos, en la tregua increíble de una Navidad, que nos había apartado de la crisis, del paro y de la ambición incluso.

Respeto ese desdén con que repetís algunos que Dios ha muerto y quedan los mercaderes aprovechando el templo para hacer sus turbios apaños, pero os aseguro que lo que de verdad ocurre es que Dios ha nacido. Y si eso no fuese verdad, nada valdría la pena.

Por eso nos aferramos, los que queremos creer, los que dudan y los que ya no esperan nada, llamamos a los niños de casa y los convocamos a desenvolver las figuras y volver a poner el Nacimiento.

Tuve una vez un amigo inolvidable, que ya se me murió hace poco. Fuimos compañeros de Colegio Mayor. Nos felicitamos durante más de medio siglo puntualmente, cada año, cada Navidad. Competimos en escribir villancicos y él, que además era un artista, me pintó el más hermoso Nacimiento que recuerdo: Son dos manos, formando como una concha de peregrino, y cobijados entre ellas, que se advierten llenas de amorosa ternura, están el Niño, sus Padres, la mula y el buey. Siempre me maravilló éste que es el más sencillo, pero a la vez el más expresivo Nacimiento que conozco. Un Niño nos ha nacido – decía mi amigo- y yo añado hoy que en efecto, había nacido y al hacerlo, se había puesto confiadamente en nuestras manos; desde su cobijo, con una sonrisa, nos llama a usarlas impregnadas del amor que al nacer puso en ellas.

Como habéis llamado a un aficionado, aunque mal poeta, dejadme que para terminar os cuente lo que está ocurriendo como se lo conté hace un año a la hija recién nacida de otro querido amigo:

Vamos a poner el Belén,
Déjame que te ayude
Con los caballetes y los tableros, el papel,
Corcho, serrín y musgo, ácido bórico.
Un espejo para fingir el río de las lavanderas.
Muy arriba, en el vericueto más alto, el castillo de Herodes.
Por delante viene,
Haciendo curvas imposibles, el camino de los Reyes Magos,
Que no pondremos todavía.

Un monte más acá; colgado del techo,
Sobre la hoguera rodeada de pastores,
El ángel,
Que tiene un ala, la izquierda, un poco rota,
De aquel año que se cayó, no sé si recuerdas.

La hilera de casitas de cartón que pintamos
Cuando… mejor no recordar.
Y el camino, por delante, por donde vienen,
Con sus paquetes,
Sus zambombas, y sus panderetas, uno con un cordero,
Incluso,
Los pastores que se acercan al portal.

El portal está escachifollado de tanto poner y quitar;
Se advierte precario, casi miserable, con goteras, hendijas
Y es posible que nidos de ratones. Ya sabes
Que al pobre San José, le royeron, lo dice el villancico,
Lo dice la leyenda, los calzones.

La Santa Virgen,
Que me encanta soñar como una virgen románica,
Con el Niño en el cuello, mirándola,
Con los ojos fijos en los ojos fijos
De la Madre incrédula
-las Madres no son capaces nunca de creer-,
Desde el primer momento,
Que han sido capaces de traer vida al mundo, cómplices directas
Del buen Padre Dios, al hacerlo.

San José, que se apoya,
Con los calzones íntegros todavía, esta primera noche, en su cayado.
Los animales, cerca, mirando, dando calor a la escena,
Entrecortada de luz, mezcla de luz de luna y luz de ángeles.

Un Niño, el Niño, la figura central,
Manoteando, ya dije que mirando a la Madre que lo mira.

El Niño, en el centro del mundo, voluntario, explorador,
Aprisionado ya por nuestra misma carne mortal,
Dispuesto a sentir nuestra carne,
Con todo lo que esto trae consigo, de sufrimiento,
Debilidad, desasosiego, tentación de abandonar,
Dejarlo todo, resignarse.

El Niño, que ya sabe todo lo que va a ocurrir y lo aceptó de antemano,
Para nacer, a pesar de todo, morir, sin tener por qué,
Sin ley, justicia, ni razón.

Sin más motivos que el del amor.
Cómo no va a decirlo el clásico,
“no me tienes que dar porque te quiera “,
Si me quisiste, si me quieres tanto,
Que ahora mismo soy incapaz de entenderlo, de entenderte,
De saber por qué me has dado a mí este privilegio de vivir
Y estar poniendo ahora las ovejitas, las gallinas, el pozo,
Desparramando el ácido bórico,
Mientras el recuerdo de mi madre canta:
Que en el portal de Belén,
Hay un nido de ratones,
Y al pobre de San José
Le royeron los calzones.

-¿Por qué lloras, abuelo?
-De alegría, mi amor.
- ¿Pero se llora también de alegría?
-La alegría, mi vida, es la otra orilla de la tristeza.
Y en este mundo hay que vivirlas ambas a la vez, no sabré nunca explicarte por qué.

Ese Niño – ella también lo mira – es el único que tiene las respuestas.

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